17ª Sesión. El mundo invertido. Párrafos 25 -28. Cap III – Fuerza y Entendimiento

fotografía de un cielo azul con una rama sin hojas en una esquina y en la esquina opuesta una rama con hojas verdes

17ª  Sesión. Presentador: Juanjo

1 de abril de 2022

Fragmento: CAP. III – FUERZA Y ENTENDIMIENTO: La  ley de la pura diferencia. El mundo invertido.

Asisten: Ximo, Felipe, Juanjo, Emérito, Juanma, Rubén

I. Exposición del capítulo por el presentador (Juanjo )  de la sesión: 

En este apartado -“La ley de la pura diferencia, el mundo invertido”- Hegel muestra a su manera, es decir, oscura y desconcertantemente, que precisamente por su objetividad, por ser cautivo de la cosa, el entendimiento está incapacitado para concebir el movimiento, el puro movimiento, el movimiento en sí, el movimiento libre, el cambio absoluto, la pura diferencia, el automovimiento, en definitiva, su propio movimiento en libertad.

Ya vimos, y conviene recordarlo ahora, que “la ley es, de una parte, lo interior, lo que es en sí y […], de otra parte, es en sí, al mismo tiempo, lo diferente.” (FCE 95-96). La ley es lo interior, lo que es en sí, lo suprasensible, en cuanto “es fuerza simple o como concepto de la diferencia, […] es, por tanto, una diferencia del concepto.” (FCE 96). Y al mismo tiempo la ley es, en sí misma, lo exterior, el fenómeno, lo sensible, en cuanto en ella se expresan las diferencias (electricidad positiva y negativa, espacio y tiempo o distancia y velocidad) como momentos independientes o subsistentes.

“La ley se presenta, pues, de dos modos, de una parte, como ley en la que las diferencias se expresan como momentos independientes; de otra parte, en la forma del simple ser retornado a sí mismo, que a su vez puede llamarse fuerza, pero de tal modo que no se entiende por tal la fuerza repelida hacia sí misma, sino la fuerza en general o el concepto de la fuerza, es decir, una abstracción que atrae hacia sí las diferencias entre lo que es atraído y lo que atrae”

(FCE 95)

Por lo tanto podemos decir que la ley es para sí, como fuerza simple o concepto, y es para otro, como diferencia múltiple o sensible. Este ser para sí y este ser para otro son, pues, las dos abstracciones o lados, que se presentan siempre idénticos a sí mismos, integrando la necesaria y quieta unidad de la ley.

Pero también vimos –nosotros– que el entendimiento, para explicar y entender los fenómenos, necesita establecer una diferencia entre estos dos lados o abstracciones de la ley, el ser para sí y el ser para otro, de tal modo que al ser para otro -la diferencia múltiple- se lo representa esencialmente basado en el ser para sí -la fuerza simple-, y a su vez al ser para sí se lo representa igualmente constituido que el ser para otro; con lo cual a uno y a otro se los representa como lo mismo, y por tanto el establecer esta diferencia entre ellos significa al mismo tiempo su superación. Nada cambia en la cosa que explica el entendimiento; solo cambia el entendimiento mismo, poniendo una diferencia que no es tal diferencia y que por eso supera inmediatamente. Y en este puro moverse a sí mismo del entendimiento reconocíamos -insisto, nosotros– el cambio absoluto, el movimiento inmediatamente contrario a sí mismo, aquel que ya se presentó como el juego de fuerzas.

“Es el mismo cambio que se presentaba como el juego de fuerzas; en éste se daba la diferencia entre lo solicitante y lo solicitado, entre la fuerza exteriorizada y la fuerza repelida hacia sí misma, pero se trataba de diferencias que en realidad no eran tales y que, por tanto, volvían a superarse de un modo inmediato. Lo que se halla presente no es solamente la mera unidad, como si no se pusiera en ella diferencia alguna, sino este movimiento, que establece ciertamente una diferencia, pero una diferencia que, por no serlo, es nuevamente superada”

(FCE 97)

Y este cambio absoluto, este movimiento puro, esta unidad que se halla presente indistinta -indistinta porque en sí misma es la diferencia superada: establecida y derrumbada- es el concepto como concepto.

“La verdad de la fuerza se mantiene, pues, solamente como el pensamiento de ella; y los momentos de su realidad [sensible, externa], sus sustancias y su movimiento, se derrumban sin detenerse, en una unidad indistinta que no es la fuerza repelida hacia sí misma (ya que ésta sólo es, a su vez, uno de tales momentos), sino que esta unidad es su concepto como concepto”

(FCE 88)

Solo que ahora este concepto, este movimiento edificante a la vez que demoledor no actúa únicamente como percepción o entendimiento perceptivo en el juego de fuerzas, en el fenómeno, en lo sensible o externo, sino que también como entendimiento puro o entendimiento explicativo actúa libremente en sí mismo, en lo interior, en lo suprasensible.

Pero el entendimiento, como no se tiene a sí mismo por objeto, sino que se vuelca en la cosa que percibe y explica, considera este interior como el interior de la cosa, y atribuye su propio movimiento al interior de la cosa misma:

“el homónimo, la fuerza [como interior de la cosa], se descompone en una contraposición que primeramente se manifiesta como una diferencia independiente, pero que de hecho no demuestra ser tal diferencia, pues es lo homónimo lo que de sí mismo se repele, y lo repelido se atrae, por tanto, esencialmente, porque es lo mismo; por consiguiente, la diferencia establecida vuelve a superarse, puesto que no es tal diferencia. Esta se presenta, así, como diferencia de la cosa misma o como diferencia absoluta, y esta diferencia de la cosa no es, pues, sino lo homónimo que se ha repelido de sí mismo y pone, de este modo, una contraposición que no lo es”

(FCE 97)

“El entendimiento experimenta, pues, que es ley del fenómeno mismo el que lleguen a ser diferencias que no son tales o el que cosas homónimas se repelan de sí mismas, lo mismo que el que las diferencias son solamente aquellas que no lo son en verdad y que se superan o que las cosas no homónimas se atraigan. Una segunda ley, cuyo contenido se contrapone a lo que antes llamábamos ley, es decir, a la diferencia que permanecía constantemente igual a sí misma; pues esta nueva ley expresa más bien el convertirse lo igual en desigual y el convertirse lo desigual en igual”

(FCE 97)

En efecto, en la primera ley, su ser para sí, la fuerza (eléctrica o gravitatoria), permanece siempre uno y el mismo, como universal simple, y asimismo su ser para otro, sus diferencias (electricidad positiva y negativa y espacio y tiempo o distancia y velocidad), se mantiene constantemente igual a sí mismo. Por el contrario, en esta segunda ley, la fuerza se diversifica, pasa de ser lo uno a ser lo múltiple, repeliéndose de sí misma y tomando como su propia constitución a las diferencias (lo igual se convierte en lo desigual), mientras que las diferencias se unifican, pasan de ser lo múltiple a ser lo uno, atrayéndose unas a otras y tomando como esencia a la fuerza (lo desigual se convierte en lo igual); de modo que el ser para sí de la primera ley -la fuerza- pasa a ser el ser para otro de la segunda, y el ser para otro de aquella -las diferencias- pasa a ser el ser para sí de esta. Entre ambas leyes se da, pues, una relación de contraposición que consiste en que la segunda resulta de la inversión de la primera, inversión que a su vez consiste en el paso inmediato del ser para sí al ser para otro y, al contrario, del ser para otro al ser para sí. En este movimiento contradictorio nosotros no dejamos de reconocer al cambio absoluto, al puro moverse a sí mismo del entendimiento, al concepto como concepto; pero al entendimiento, que continúa volcado en la cosa, su propio movimiento se le sigue presentando como el moverse a sí mismo del interior de la cosa, y en consecuencia considera que estas dos leyes corresponden a sendos mundos suprasensibles, contrarios uno de otro, los cuales equivalen a los dos lados que integran la unidad del interior de la cosa: el del ser para otro, constituido por el primer mundo suprasensible, y el del ser en sí, constituido por el segundo mundo suprasensible.

“Por medio de este principio [el de la diferencia absoluta, según el cual el interior de la cosa cambia], el primer [mundo] suprasensible, el reino quieto de las leyes, la imagen inmediata del mundo percibido, [el primer en sí es en sí o ] se torna en su contrario; la ley era, en general, lo que permanecía igual, [así] como sus diferencias; pero ahora se establece que ambas cosas, la ley y sus diferencias, son más bien lo contrario de sí mismas; lo igual a sí [la ley como la fuerza simple] se repele más bien de sí mismo y lo desigual a sí [las diferencias] se pone más bien como lo igual a sí. Sólo con esta determinación tenemos, de hecho, que la diferencia es la diferencia interna o la diferencia en sí misma, en cuanto lo igual es desigual a sí y lo desigual igual a sí. Este segundo mundo suprasensible es, de este modo, el mundo invertido; y, ciertamente, en cuanto que un lado [del interior de la cosa, el lado de lo homónimo, la fuerza] está presente ya en el primer mundo suprasensible, el mundo invertido de este primer mundo. Por donde lo interior [la unidad, la cosa integrada por uno y otro mundo suprasensible como sus lados, el del ser para otro y el del ser en sí] se consuma como fenómeno. En efecto, el primer mundo suprasensible no era sino la elevación inmediata del mundo percibido al elemento universal; tenía su contraimagen necesaria en este mundo [percibido], que aún retenía para sí el principio del cambio y de la mutación; el primer reino de las leyes carecía de esto, pero lo adquiere ahora como mundo invertido”

(FCE 98)

Obsérvese, en primer lugar, que el entendimiento, cósico, hipostasista, no es capaz de concebir el movimiento más que como la misteriosa relación externa (no esencial, no conceptual, no lógica) de inversión entre dos substancias, la que es invertida (el primer mundo suprasensible) y la que resulta de tal inversión (el segundo mundo suprasensible), y, en segundo lugar, que el que lo interior se haya consumado como fenómeno significa que el en sí del mundo percibido -o sea, el primer mundo suprasensible- al ser fenómeno él mismo, tiene a su vez su propio interior, su propio en sí, que es el mundo invertido; los párrafos tercero y cuarto no son más que el desarrollo crítico de esta consecuencia; con lo que se nos muestra la necesidad de superar este modo superficial, externo, cósico, de considerar el movimiento en sí.

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