8ª Sesión: El movimiento hacia la universalidad incondicionada

Presentador: Emérito

Sesión de 28 de enero de 2022

Asisten: Ximo, Felipe, Juanjo, Rubén, Emérito, Juanma.

I. Breve exposición del capítulo por el presentador (Emérito) de la sesión: 

Título fragmento: “EL movimiento hacia la universalidad incondicionada y hacia el reino del entendimiento.”

En este fragmento, Hegel sigue retorciendo el juego dialéctico Uno-múltiple, además de introducir la distinción esencial-no esencial. Y, por supuesto, operará una suelta de marras respecto a la sensibilidad para sumergirse en el entendimiento (paso de la universalidad condicionada propia de la sensibilidad a la universalidad general o incondicionada propia del entendimiento).

Párrafo 1 (traducción de Roces)

La conciencia sale del segundo movimiento de la percepción, aquel que consistía en tomar la cosa como lo verdadero igual a sí mismo, tomando lo desigual para sí: 

“ahora, a sus ojos,el objeto es este movimiento como un todo, que previamente estaba repartido en el objeto y en la conciencia.”

Entiendo que al referirse al objeto como un todo, la conciencia le atribuye tanto el ser para sí como el ser para otro, cuando antes tales momentos estaban repartidos entre el objeto (ser para sí) y la conciencia (ser para otro).

En consecuencia, la cosa es ahora un ser doble diverso (ser para sí/ser para otro), pero también una, quedando con ello patente, de nuevo, la contradicción en el seno de la cosa. Ante esto, la conciencia tendría que tomar sobre sí la unidad contradictoria, evitando con ello la contradicción de la cosa:

“…la conciencia debiera, por tanto, asumir de nuevo esta unificación, manteniéndola alejada de  la cosa”

Esto es: la unificación contradictoria recae en la conciencia, no en la cosa.

“Debiera, por consiguiente, decir que la cosa, en tanto es para sí, no es para otro”, pues esa unificación ha quedado disuelta, de tal modo que si es una cosa (ser para sí) no puede ser para otro.

Sin embargo, tal y como muestra su experiencia por parte de la conciencia, la unidad de la cosa pertenece a la propia cosa, no se trata de un pensamiento de la conciencia, ni de algo que ésta pueda quitar o añadir tan alegremente. 

Pero si el ser para sí es propio de la cosa, forzosamente ha de serlo el ser para otro, pues la cosa es para sí en tanto es ser para otros. Vaya, parece que de nuevo vuelve a presentarse la contradicción insalvable.

Observación: la conciencia lo intenta todo para evitar las contradicciones. 

¿cómo deshacer entonces la contradicción de la Cosa?

En ese punto, hay que tener claro que el juego dialéctico entre lo Uno y lo Múltiple en el que anda enredada la conciencia percipiente, se desarrolla en dos planos:

  1. A un nivel de exterioridad: Lo uno de la cosa como aquello que justamente le hace diferenciarse de otras cosas externas.
  2. A un nivel de interioridad: la cosa es una y, al mismo tiempo, múltiple (tiene diversas propiedades)

En los dos primeros párrafos, Hegel va a intentar salvar estas dos contraposiciones (a nivel externo y a nivel interno) de diferente modo:

En el caso de A, parte de la base de que esencialmente la Cosa es una, pero precisamente no hay unidad sin falta de unidad; se es una frente a otras cosas que son igualmente unas, pero diferentes y en pugna entre sí. Pues bien, Hegel identificará lo esencial con lo uno, mientras que el ser diferente con lo inesencial, no considerándolo una propiedad de la misma cosa, sino de las múltiples cosas que son diferentes entre sí. Así pues, sigue habiendo contraposición (las diferentes cosas se contraponen entre sí), pero ésta ya no afecta a la esencia de cada una de esas cosas. Es decir, el aspecto identitario de la cosa se antepone al relativo; primero se es para sí, y luego esta unidad se ve perturbada por otras cosas.

Si nos centramos en b, en el nivel interno del juego dialéctico uno-múltiple, Hegel aclarará que, aun cuando se haya salvado aparentemente la contraposición distribuyéndola entre varios objetos, sin que pertenezca esencialmente a ninguno de ellos, a nivel interno de cada cosa nos volvemos a topar con la contradicción uno-múltiple, pues justamente cada cosa es una y diferente a las demás en virtud de que posee una multiplicidad de propiedades distintas de las de otras cosas; esto es, lo que determina el uno de la cosa, es la multiplicidad de sus propiedades. Con ello, volvemos a encontrarnos frente a frente la paradoja de ser uno y múltiple a la vez. ¿Qué solución propone Hegel para superar esta paradoja a nivel interno de la cosa? 

Pues despojando a la condición de ser múltiple de la cosa de la esencialidad que sí tiene el ser igual a sí misma, es decir, doblando el objeto en dos momentos con diferente valor cada uno de ellos: lo uno es lo esencial de la cosa, y lo múltiple, aun siendo necesario es, sin embargo, inesencial. El propio Hegel nos lo resume:

“Por tanto, la cosa tiene, evidentemente,  en su unidad un doble en tanto que, pero con valores desiguales, lo que hace que este ser contrapuesto no llegue  a ser la contraposición real de la cosa misma; sino que en cuanto la cosa se pone en contraposición a través de su diferencia absoluta, solo se contrapone a otra cosa fuera de ella. La multiplicidad diversa, sin embargo, se da también necesariamente en la cosa, de tal modo que no es posible eliminarla de ella, pero le es algo no esencial”

Conclusión dos primeros párrafos: la contraposición solo se da con otras cosas externas, salvando la contradicción a nivel interno introduciendo la distinción entre  esencial (el ser igual a sí misma) y no esencial (ser diferente). Es necesario que la cosa, para ser una, tenga múltiples propiedades, pero no es esencial.

Párrafos 3a y 3b: la cosa se derrumba.

Sin embargo, lo esencial de su determinación (el ser para sí) es justamente el no ser para otro, pues “en esta relación se pone más bien la conexión con lo otro, y la conexión con lo otro es el cesar del ser para sí. 

“Es precisamente por medio de su carácter absoluto y de su contraposición como la cosa se comporta ante las otras y sólo es, esencialmente, este comportarse; pero el comportarse es la negación de su independencia, y la cosa se derrumba más bien por medio de su propiedad esencial” (79)

El carácter absoluto de la cosa supone la negación de todo cuanto no sea ella, pero la negación absoluta de lo otro implica la negación de su propia independencia, pues, aunque sea para negarlo, la cosa sigue teniendo un vínculo con lo otro. Por otro lado, es lo otro lo que justamente delimita los contornos de la cosa;por ello,  negar esos contornos equivale a negar la cosa misma.

Y encontramos en este punto un importante punto de inflexión en el fragmento, pues la cosa definitivamente se desmorona desgarrada por un mar de contradicciones insalvables.

Párrafo 4

La distinción esencial-no esencial  (pero necesario) es meramente lingüística. 

Lo no esencial= negación de sí mismo. Con ello, queda superado.

En definitiva, “el objeto es más bien, en uno y el mismo respecto, lo contrario de sí mismo: para sí en tanto es para otro y para otro en tanto es para sí” (79)

La lucha por superar las contradicciones ha llegado a su fin, y la conciencia comienza a reconocer la naturaleza contradictoria de la cosa.

Párrafo 5:paso de la universalidad condicionada (percepción) a la universalidad incondicionada (entendimiento)

“Partiendo del ser sensible, se convierte [la cosa] en algo universal; pero este universal, puesto que proviene de lo sensible,es esencialmente condicionado por ello mismo y, por tanto, no es, en general, verdaderamente igual a sí mismo, sino una universalidad afectada de una contraposición, y esto explica por qué se separa en los extremos de los singular y lo universal, del uno de las propiedades y del también de las materias libres.Estas determinabilidades puras parecen expresar la esencialidad misma, pero solamente son un ser para sí, que lleva implícito el ser para otro; pero, al ser estos dos momentos esencialmente en una unidad, se presenta ahora la universalidad absoluta incondicionada y es aquí donde la conciencia entra verdaderamente por vez primera en el reino del entendimiento.”

Se supera la distintión entre esencial (ser para sí) y no esencial (ser para otro). Ahora se admite en una única unidad esencial ambos momentos.

Párrafos 6 y 7

Ahora resulta que todas estas distinciones conceptuales entre singularidad y universalidad o entre esencial o no esencial no son más que un juego de abstracciones vacías propio del entendimiento percipiente, que es lo que Hegel llama el “buen sentido”. La cosa queda diluida en un juego de contradicciones, y el buen sentido recurre a la sofistiquería para salir airoso de tantas contradicciones. Igualmente, el entendimiento percipiente cae en el error de confundir esas abstracciones incluso con la cosa misma, moviéndose por ello en el error constantemente.

Al reconocer estas abstracciones como meros juegos propios del lenguaje, ¿está planteando Hegel un abismo insalvable entre el lenguaje y la realidad, retomando con ello el viejo problema que se plantea en las paradojas de Zenon, al señalar el abismo entre lo que nuestros ojos ven y lo que nuestra razón piensa?

II. Discusión y aportes.

2. Aportación de Felipe

En este fragmento asistimos a la ‘entrada’ por primera vez en el reino del entendimiento. Entrar en este reino tiene un coste y es que la cosa de la percepción ha tenido que sucumbir. Como Moisés, la cosa nos llevó a la tierra prometida del entendimiento, pero no pudo entrar en ella. Tenemos que explicar cómo sucumbe la cosa, cómo de ese sucumbir la cosa surge el universal incondicionado y cuál es su naturaleza y, finalmente, analizar la sofistería del entendimiento o sano sentido común como la resistencia que se ofrece frente a la superación de la cosa. 

Anteriormente, el sujeto quedó reflexionado en sí mismo al fracasar en su intento de tomar la cosa tal como es en sí. En el fragmento anterior es la cosa misma la que queda reflexionada dentro de sí. Este es el punto de partida. Esta cosa reflexionada dentro de sí es para sí y también para otro porque ya no cabe distribuir el para sí y el para otro entre el sujeto y el objeto. La cosa misma sostiene ambas determinidades.

Todavía hay un recurso, desde el ámbito de la cosa misma, sin la intervención del sujeto, para evitar la contradicción y es el desdoblarse de la cosa. El para otro supone una irrupción en la unidad de la cosa, una perturbación de esa unidad. ¿Quién osa perturbar a la cosa en su unidad? Pues otras cosas. La cosa está entre otras cosas, en un enfrentamiento recíproco. Digamos que el ser para otro de la cosa no contradice su ser para sí porque, después de todo, ¿qué culpa tiene la cosa de que haya otras cosas? No es una determinidad esencial.

Sin embargo, en el enfrentamiento con otras cosas, la cosa debe distinguirse de ellas. De hecho, le es esencial distinguirse de las otras cosas, pues de otra forma no podría seguir siendo para sí pues quedaría disuelta en la comunidad del para otro, perdería su autonomía. Pero entonces, la cosa tiene que asumir, en lo más íntimo de su para sí esencial, una referencia a lo que era inesencial, que son las otras cosas, aunque sea bajo la forma de una negación absoluta. La negación absoluta de lo otro como determinidad esencial de la cosa es ya insoportable para la cosa como tal y sucumbe bajo esta contradicción. 

Sucumbe la cosa, pero no los términos contradictorios que la hicieron sucumbir, estos quedan, pero no ya como términos distintos, sino unificados. El ser para sí es en la medida en que es para otro y viceversa. Esta unidad de pensamientos es el universal incondicionado. Todos aquellos pensamientos que usaba la ‘sofistería del entendimiento’ como conceptos unilaterales para ‘salvar’ a la cosa (lo esencial y lo inesencial, por ejemplo), quedan unificados en este universal incondicionado, que es la verdadera entrada al reino del entendimiento. Este universal supera lo sensible de la cosa, por lo que ya no está condicionado por ella. Era el pensar la cosa como cosa lo que impedía ver la unidad del ser para si y el ser para otro. Sin la cosa, estas determinidades se manifiestan como lo mismo

Hegel lleva a cabo una crítica del sano sentido común, cuya actividad es considerada como sofistería al tratar de salvar la cosa recurriendo a distinciones que llevan a afirmar una cosa y la contraria, bien la universalidad, bien la singularidad, bien el para sí, bien el para otro. El sano sentido común está a merced del juego de estos conceptos en la medida en que no los toma en su unidad, sino que los usa como conceptos unilaterales.

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